En septiembre de 1975 Santiago inauguró su primera línea de Metro. Medio siglo después, aquella infraestructura se transformó en uno de los activos urbanos más importantes de la capital y en uno de los sistemas ferroviarios metropolitanos de referencia de América Latina.
No existe un ranking internacional único y permanente que determine cuál es “el mejor metro” de Sudamérica. Sin embargo, existen antecedentes que respaldan su reputación. En 2012, el Metro de Santiago fue elegido Mejor Metro de América en los Metro Awards, imponiéndose a sistemas de ciudades como Montreal, São Paulo y Río de Janeiro. La evaluación consideró cobertura, frecuencia, eficiencia, servicio al cliente, seguridad, medioambiente e innovación tecnológica. (La Tercera)
Dos años después, un estudio internacional de Arthur D. Little y la Unión Internacional de Transporte Público (UITP), que analizó 84 ciudades mediante 19 indicadores, ubicó al sistema de transporte público de Santiago como el mejor evaluado de América Latina. (Cooperativa.cl)
Las dimensiones actuales ayudan a entender esa posición. Metro cuenta con 7 líneas, 143 estaciones y 149 kilómetros de red, movilizando más de dos millones de pasajeros durante un día laboral. El Directorio de Transporte Público Metropolitano lo describe como uno de los sistemas más modernos de Latinoamérica y destaca además su elevada regularidad de frecuencia. (DTPM)
Pero probablemente su principal fortaleza sea otra: Chile convirtió la expansión del Metro en una política de infraestructura de largo plazo. Gobiernos distintos han continuado ampliando la red, incorporando nuevas tecnologías y extendiendo el sistema hacia sectores históricamente menos conectados.
Las líneas 3 y 6 introdujeron trenes con conducción automática, puertas de andén y estaciones de nueva generación. Y el proceso continúa. Con las futuras líneas 7, 8, 9 y A, además de extensiones proyectadas, la red podría alcanzar hacia 2033 aproximadamente 231,5 kilómetros y 199 estaciones, un crecimiento superior al 50% respecto de la extensión actual. (Alstom)
El Metro también genera algo menos cuantificable: reduce las distancias económicas dentro de Santiago. Para millones de personas, acceder a una estación significa acercarse a empleos, universidades, hospitales, comercio y servicios.
Naturalmente existen desafíos: congestión en horas punta, seguridad, evasión, mantenimiento y la necesidad de seguir mejorando la integración con buses y trenes suburbanos. Una red cada vez mayor también será más compleja y costosa de operar.
Pero quizás la principal lección del Metro de Santiago sea institucional. Su éxito no proviene de una obra específica, sino de cinco décadas de planificación, inversión, continuidad y expansión.
En una región donde numerosos proyectos de infraestructura cambian con los ciclos políticos, Metro demuestra el valor de pensar una ciudad a veinte o treinta años.
Santiago no construyó uno de los metros más destacados de Sudamérica de un día para otro. Lo construyó estación por estación durante medio siglo.



